lunes 4 de mayo de 2009

Encarrilando...


Acabada la asignatura de CPCR, razón de ser de este blog, por mucho que yo me empeñara en sentirlo como totalmente mío, voy a dedicarlo enteramente a aquello que más me gusta, que es escribir (lo que no quita que vuelva a hablar sobre libros, literatura o cualquier otro tema que se me ocurra). Aquí, a continuación, la primera parte de algo que, para variar, carece de título. Espero que guste.



El día en que Mara tuvo que decirle adiós al sol, fue el más triste de su vida. Hizo las maletas en silencio, en silencio cerró la puerta, y sin un ruido recorrió las calles de la ciudad hasta llegar a la estación del ferrocarril. Allí se sentó en un banco del andén, y mientras esperaba sacó de su maleta un viejo libro, con las tapas desgastadas y las hojas ennegrecidas por el paso del tiempo. Lo abrió por una página cualquiera y posó su mirada en las letras que bailaban sobre ella.
El párrafo que la atrapó decía así: “Sus labios rozaron los pétalos de la rosa que yacía, igual que ella, abandonada sobre aquella cama desde hacía una semana. La vida seguía su curso, asfixiante, tras la ventana que la separaba del mundo. Nadie reparaba en su aislamiento, nadie era consciente de su diferencia, nadie veía más allá de las tupidas cortinas blancas que ondeaban en su balcón. Sólo él había logrado traspasarlas, y ahora que se había ido, el silencio atronaba con más fuerza que nunca”.

Cerró el libro con un golpe sordo. Un potente silbido unido a una espesa y cálida nube de vapor le advirtieron de la llegada del ferrocarril. Torpemente cogió la pesada maleta y se encaminó hacia la puerta de su vagón. Tras una dura lucha con dos mujeronas de pueblo y un joven pelirrojo que discutían por el compartimento a ocupar, logró encontrar el suyo y sentarse cómodamente junto a la ventanilla. Suspiró con hastío. Las voces de los que discutían en el pasillo se oían desde dentro del compartimento. El espíritu de aquel estúpido pueblo no la dejaría en paz ni siquiera mientras intentaba huir de él…

Volvió a tomar el libro entre sus manos. Lo consideraba un tesoro. De hecho, era la causa de aquella huída nocturna hacia quién sabía donde. Entre aquellas páginas descansaban todos sus sueños; sueños que de ninguna manera podrían hacerse realidad entre los murmullos de aquel pequeño pueblo. Estaba harta.

La puerta del compartimento chirrió al abrirse. Una cabeza llena de rizos rojizos apareció. Era el joven que minutos antes discutía acaloradamente en el pasillo. Su cara estaba colorada por el esfuerzo que le suponía arrastrar un pesado baúl de color negro, lo que, sumado al color de su pelo, le confería el aspecto de un tomate especialmente rollizo. Mara tuvo que sofocar una sonrisa, que se convirtió en carcajada cuando el baúl se escurrió y golpeó el pie del joven, que lanzó una exclamación malsonante y, al oír la risa, giró la cabeza en su dirección. “Oh! Discúlpeme, lo siento muchísimo, pensaba que éste estaba libre, lo siento, es que ha habido un problema con los billetes”.
A pesar de la carcajada que se le había escapado con el incidente del baúl, Mara no pudo evitar sentirse molesta. Necesitaba pensar, y la perspectiva de compartir el largo trayecto con un joven que parecía tener menos luces que cualquiera de las bobas aldeanas con las que antes había discutido, no le parecía especialmente alentadora. De tal modo que inclinó la cabeza en señal de conformidad, y se giró para mirar por la ventana, a la espera de que el tren iniciase el trayecto.

2 comentarios:

  1. Que ganas de huir también me han dado cuando he leído tu relato. Espero que algún día un libro me lleve hacer un viaje como el de Mara.

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  2. Yo compraré tus libros y no sólo por los lazos matrimoniales.
    ¡NO DEJES DE ESCRIBIR!

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