domingo 17 de mayo de 2009

Parte 3


Intentando recuperar el aire a duras penas se encontraba Mara, cuando unos fuertes golpes en la puerta la hicieron salir de sus cavilaciones.

-“Por el amor de Dios, ruego a quién se encuentre en el retrete se apresure, porque tanto traqueteo me ha subido la cena de nuevo al gaznate, y la urgencia hace inminente el alivio de mis necesidades”

Aquella voz parecía pertenecer a una mujer entrada en años y en carnes. Con un suspiro de resignación, Mara abrió la puerta y, en efecto, una oronda mujerona ricamente vestida se coló en el cubículo antes de que ella tuviera tiempo de salir. Seguidamente, a empujón limpio la sacó de allí y le cerró la puerta en las narices. Aquello era increíble. Se sentó delante de la puerta del retrete. No se veía con fuerzas para volver y encarar al supuesto noble, médico, ladrón, o lo que quiera que fuese aquel personaje. Estaba muy cansada del viaje, le dolía todo el cuerpo, y ni siquiera sabía qué era exactamente lo que esperaba encontrar cuando el tren llegase a su destino… Volvió a sacar el libro de su bolsillo y lo abrió por otra página al azar…:

“Con cada respiración siento que pierdo más aire. Progresivamente me voy quedando sin fuerzas. Si no fuera por las visitas de Emma, hace tiempo que habría perdido las ganas de seguir viviendo. No me dejan salir, día tras día me confinan en este cuarto de paredes blancas. Y, mientras la vida crece en mí, cuanto más se anuncia, cuanto más me suplica, menos ganas tengo yo de escucharla y asentir a sus propósitos. Desvaríos, más bien. Traer vida hacia un lugar en el que la asfixia es permanente. No sé qué puedo hacer”.

Antes de que pudiera seguir leyendo una sola palabra más, se abrió la puerta del retrete y la señora salió, casi tropezando con ella, puesto que el pasillo era un tanto estrecho. Resoplaba y se metía los faldones de la camisa por dentro del vestido con una delicadeza que iba muy acorde con los modales que había mostrado unos minutos antes. No reparó en la joven hasta que no la tuvo a un palmo de sus narices, y se dio cuenta de que la estaba mirando fijamente.

-“Hija, ¿qué es lo que quieres? Si es dinero, ahora no puedo darte nada, lo he dejado todo en el compartimento. Además, deberías levantarte de ahí… hace demasiado frío como para andar acomodando el trasero en ese suelo del demonio. Mejor dicho, hace demasiado frío como para estar en cualquier parte que no sea en el vagón de primera clase… ¿Se puede saber qué sucede?” (Las lágrimas de Mara corrían a raudales por sus mejillas). La señora la miraba atónita. Normal. Tirada en el suelo de aquel puñetero vagón no debía dar una imagen muy tranquilizadora. Pero no podía hablar, de pronto tenía demasiado frío y demasiado miedo como para emitir algún sonido inteligible. Estaba hasta las narices de complicarse la vida sin necesidad, de pensar tanto y preocuparse por todo sin motivo. De andar metiendo las narices donde no la llamaban, en baúles que nada tenían que ver con ella.
Por un instante quiso estar en su cama, abrazada a su abuela y no en un tren muerta de frío y con ganas de llorar. Al levantar de nuevo la vista, los ojos oscuros de la mujer la observaron con suspicacia. Se acuclilló delante de ella y con una mano rolliza le cogió la barbilla.

-“Querida, no sé lo que te pasa y no sé si querrás hablarme de ello, pero lo que sí sé es que no voy a dejarte aquí sentada llorando. Te invito a un té, en mi compartimento, y me da igual si quieres como si no. Levántate inmediatamente que una ya no está como para quedarse de charla en un vagón lleno de corrientes de aire. ¡Vamos, mujer, no esperarás que sea yo quien te levante!”- Se incorporó y la miró expectante. Le tendió la mano y Mara se incorporó. La mirada de la mujer se suavizó por un momento: “Me llamo Elvira”.

2 comentarios:

  1. Continua escribiendo señorita lo haces muy bien. Por ahora lo que más me ha gustado fue lo que escribiste sobre el banco. Con pocas palabras captabas algo la idea y el conjunto tenía fuerza. Un saludo..

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