domingo 24 de mayo de 2009

Zeus

El teatro tiene una virtud indiscutible. Empapa cada parte del cuerpo y del alma de quien se sube a un escenario, que el actor en cuestión olvida que existe un mundo más allá de la luz que proyectan los focos; su vida se queda varada en la penumbra que oculta el patio de butacas, y las frases se convierten en sangre y marcan el ritmo de la respiración.

Es un limbo, un espacio donde todo es posible, donde nada está verdaderamente escrito, donde nada, aparte del respeto, se impone. Es libertad, nadar en un agua que se amolda a tu cuerpo y que te eleva y protege de todo lo exterior.

Además, aunque pierdas el equilibrio, el escenario no hace daño, nunca hace daño: lo único que puedes hacer sobre él es aprender, y ser feliz. Aun desde el suelo, no hay nada mejor para curar el orgullo herido como una salva de aplausos. Y las tablas se ven cuando la bruja se levanta y sigue bailando, porque interiorizar el “the show must go on” es la regla de oro, la única que tener en mente a la hora de salir a la luz y vivir otra historia.

24 horas después, mi felicidad aún perdura.

1 comentarios:

  1. Que obra de teatro estas interpretando y que personaje, me gusta el texto. Un saludo señorita.

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