Calló de pronto, y me puso una mano en la mejilla.
Sus palabras parecían no significar nada al lado de aquel contacto tan humano, tan carnal, tan lleno de preguntas. Yo sabía lo que nos esperaba a los dos si giraba mi cara unos milímetros y besaba su mano. Lo sabía porque la sensación de que un imán nos arrastraba mutuamente la llevaba experimentando cuatro años. Así que me deshice de su piel y caminé unos cuantos pasos, en dirección a la ventana. La abrí y me asomé a la lluvia que caía sin piedad sobre Madrid, dándole al barrio un color plateado que asustaba; cada sombra, cada farola, cada nube, parecían provenir de otro mundo.
Se apoyó a mi lado, en la barandilla, dejándome sentir su sonrisa.
Quiero que seamos amigos siempre, siempre. No quieras intentar estropearlo.Le miré, ya sin miedo, ya sin temblor alguno en mi voz.
Creo que ya lo estoy intentando, es la única solución. Si no me lo cargo nos devorará como ha hecho siempre.
Con cuidado aparté su mano de mi piel y me separé de la barandilla. Volví a entrar en el pequeño comedor y salí de aquella casa corriendo. Mientras bajaba las escaleras sentí cómo el vacío iba tomando forma entre nosotros. Cómo el todo podía mutar en nada con una débil negativa. Si aquella tarde él hubiera saltado los escalones de tres en tres para bajar a buscarme, habríamos protagonizado un nuevo capítulo de síes y noes histéricos e inmaduros, apasionados y extenuantes. Nos habríamos destrozado de nuevo, por siempre, como siempre.


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