martes 22 de marzo de 2011

Nuestro fin

Calló de pronto, y me puso una mano en la mejilla.

Sus palabras parecían no significar nada al lado de aquel contacto tan humano, tan carnal, tan lleno de preguntas. Yo sabía lo que nos esperaba a los dos si giraba mi cara unos milímetros y besaba su mano. Lo sabía porque la sensación de que un imán nos arrastraba mutuamente la llevaba experimentando cuatro años. Así que me deshice de su piel y caminé unos cuantos pasos, en dirección a la ventana. La abrí y me asomé a la lluvia que caía sin piedad sobre Madrid, dándole al barrio un color plateado que asustaba; cada sombra, cada farola, cada nube, parecían provenir de otro mundo.


Se apoyó a mi lado, en la barandilla, dejándome sentir su sonrisa.
Quiero que seamos amigos siempre, siempre. No quieras intentar estropearlo.

Le miré, ya sin miedo, ya sin temblor alguno en mi voz.

Creo que ya lo estoy intentando, es la única solución. Si no me lo cargo nos devorará como ha hecho siempre.

Con cuidado aparté su mano de mi piel y me separé de la barandilla. Volví a entrar en el pequeño comedor y salí de aquella casa corriendo. Mientras bajaba las escaleras sentí cómo el vacío iba tomando forma entre nosotros. Cómo el todo podía mutar en nada con una débil negativa. Si aquella tarde él hubiera saltado los escalones de tres en tres para bajar a buscarme, habríamos protagonizado un nuevo capítulo de síes y noes histéricos e inmaduros, apasionados y extenuantes. Nos habríamos destrozado de nuevo, por siempre, como siempre.

domingo 7 de febrero de 2010


Doña buenos propósitos lo intenta, pero no lo consigue. Dos horas llevo leyendo y subrayando y no me sirve de nada porque nada retengo y así no puedo hacer ninguna práctica en condiciones. Había decidido tomármelo con humor pero no dejo de fruncir el ceño y preguntarme si no estaría mejor tirada en la cama y leyendo Canción o colgada del teléfono compartiendo ideas absurdas. Me digo que no, claro, y aquí me quedo, sin hacer algo que tenga una mínima utilidad. Aunque…

Esta mañana me he encontrado, hundido en un mar de libros de cocina y autoayuda, el que fuera mi libro de cabecera por largas temporadas entre los 10 y los 14 años. Lo saqué de la biblioteca sin descanso hasta que, un día, desapareció sin dejar rastro. Aquella estantería de la última esquina de la sección infantil y juvenil de la biblioteca de Aluche me pareció el lugar más inhóspito de la tierra cuando me di cuenta de que no volvería a leer “Peggy Sue contra los invisibles”. Cuando hoy he visto ese tomo rojo asomando en un puesto del Rastro, me han temblado las piernas, primero y he echado a correr, después, paranoica perdida, por si alguien lo cogía primero (cosa bastante improbable). Lo he acariciado casi con reverencia religiosa y me he sentido casi insultada cuando me han cobrado un raquítico euro por él. Mi bolsillo gritaba “Aleluya”, pero mi conciencia tenía ganas de gritarle a la señora del puesto: “¡No tiene usted ni idea de lo que está regalando. Con ese libro me he dormido yo noche tras noche, soñando con los invisibles y luchando contra ellos al lado de Peggy Sue en un mundo en el que todo estaba patas arriba y sin embargo tenía más sentido que éste en el que vivimos usted y yo. Claro que usted preferiría no ver a sus hijos, si es que los tiene, convertidos en cerdos o cómo un sol azul cubre la ciudad haciendo a los animales más inteligentes que nosotros, seres humanos. Este libro es un impresionante experimento bastante complicado de explicar, y sólo por eso va a librarse de que esta chica abra la boca y le suelte esta inmensa perorata”. Lo he cogido y me he tirado salvajemente sobre un 35 atestado de gente, en el cual no he podido leer ni una mísera página. Pero en cuanto acabe de escribir, en cuanto haga las tres prácticas que me he propuesto hacer, en cuanto cene y me lave los dientes, voy a reencontrarme con ellos. Y a decepcionarme o reafirmarme en mi opinión.

¿Cómo un libro puede cambiar un día, un estado, una preocupación?
Hoy es uno de esos días en los que doy gracias de ser como soy.

domingo 29 de noviembre de 2009


Llevo sonriendo desde que he salido del metro. Puede que sea porque he pasado la tarde en los estudios de Televisión Española, en el pirulí; porque he visto cómo se trabaja en los informativos de televisión (tanto en el directo como en las cabinas de sonido e imagen, como en la redacción); porque he hablado y escuchado consejos de los labios de periodistas a los que admiro mucho, como Almudena Ariza o Jesús Álvarez; o quizás porque no se han limitado a darnos consejos, sino porque nos han dedicado su tiempo y nos han explicado su trabajo. (Ya subiré una de las fotos que prueban que esto ha sucedido y que no soy una loca que se inventa cosas).









O puede que sea porque anoche encontramos la manera de romper la tela de rutina y estrés que nos llevaba aprisionando una semana y logramos escapar en una céntrica tetería de Madrid. Ains.











































O quizás sea porque hoy he descubierto que Mariano José de Larra podría haber tenido perfectamente los paletos separados.:)

martes 21 de julio de 2009

Martes


Están ellos, los que exteriorizan, los que hablan como si lo supieran todo (puede que así sea), los que sonríen ampliamente a todo el mundo, enseñando bien los dientes, mientras matan callando con miradas retorcidas. Y estamos nosotros, los que interiorizamos, los que, al hablar, somos conscientes de que ignoramos al menos un 99%. No sonreímos, claro, y ellos nos tildan de antipáticos, de personas desagradables, de maleducados. Si movieran sus miradas hacia la nuestra verían mucho más, lo suficiente como para ser conscientes de que si siguen asomándose a nosotros podían ahogarse. No nos preocupemos. Los que merecen la pena sabrán vadear esas turbias aguas y llegarán a amarrar en nuestro interior. Es entonces cuando nosotros damos la espalda y nos alejamos de las inteligentes conversaciones, dejando que sus seguras voces se diluyan en la distancia. Entonces, cuando no hay un coro de personas esperando para aplaudirnos, cuando sólo dos o tres pueden vernos, entonces esbozamos nuestra sonrisa.

martes 2 de junio de 2009

Mucho tiempo para pensar

"Antes de que suene a despedida
la tristeza sostenida
que no deja de latir..."

¿Qué es lo que pasa cuando te das cuenta de que hay cosas que ya no te importan?

Cuando te posicionas en el bando "anti mogollón", cuando lo único que pides es tranquilidad, cuando el número de risas se reduce, pero las que perduran son más sinceras; cuando la memoria ya no molesta pero tampoco sueñas con un mañana; cuando los días se suceden y tú sobrevives; cuando ya no hay sombras, ni medias tintas, ni polos opuestos; cuando sientes que te mueves en un plano, cuando te tumbas delante de la tele y te da igual, porque lo que ves realmente no es interesante; cuando vas por la calle a las cinco de la tarde y el sol te abrasa, pero te da lo mismo; cuando pasas horas sin hablar, cuando aprendes a disfrazar tu mirada para que, en los escasos instantes en que las heridas se abren de nuevo, nadie te cace; cuando rehuyes el roce de cualquier piel, porque sabes que desencadenará lágrimas; cuando miras pero no ves...

Cuando le das gracias a Dios por haberte dado la mejor burbuja que podías imaginar, por darte las llaves de un exclusivo limbo particular...



¿qué pasa entonces?

domingo 24 de mayo de 2009

Zeus

El teatro tiene una virtud indiscutible. Empapa cada parte del cuerpo y del alma de quien se sube a un escenario, que el actor en cuestión olvida que existe un mundo más allá de la luz que proyectan los focos; su vida se queda varada en la penumbra que oculta el patio de butacas, y las frases se convierten en sangre y marcan el ritmo de la respiración.

Es un limbo, un espacio donde todo es posible, donde nada está verdaderamente escrito, donde nada, aparte del respeto, se impone. Es libertad, nadar en un agua que se amolda a tu cuerpo y que te eleva y protege de todo lo exterior.

Además, aunque pierdas el equilibrio, el escenario no hace daño, nunca hace daño: lo único que puedes hacer sobre él es aprender, y ser feliz. Aun desde el suelo, no hay nada mejor para curar el orgullo herido como una salva de aplausos. Y las tablas se ven cuando la bruja se levanta y sigue bailando, porque interiorizar el “the show must go on” es la regla de oro, la única que tener en mente a la hora de salir a la luz y vivir otra historia.

24 horas después, mi felicidad aún perdura.

viernes 22 de mayo de 2009

Punto y final

Empecé cinco veces a hacer la maleta. Y cinco veces la vacié. Después me senté en el hueco que queda entre el radiador y mi escritorio y me abracé las rodillas. Había que poner un punto y final a todo aquello. No podía arrojarme al vacío y arrastrar junto al mío a otros corazones, hacia la autodestrucción. Es mejor que sufra uno a que lo hagan dos. O tres, o cinco. Una simple cuestión matemática.

Y bajo el peso de mis ideas se me quiebran las rodillas y mis pasos ya no son firmes. Las lágrimas que anegan mis ojos son de humillación e impotencia. Porque no puedo pedir a nadie que aguante y soporte lo que yo misma no puedo aguantar. Así que me aferro a la sinceridad como último recurso, porque lo demás se ha evaporado. Porque no me puedo mentir a mí misma, porque cada pensamiento en que intenta huir de la verdad me duele, me hace daño, no es más que veneno. Porque, como siempre, lo que quiero que me pase no me pasa; lo que quiero sentir no lo siento y me duele todo el cuerpo de llorar por ti, por mí, por mi característica inconsciencia.